Desde entonces camino por la vida sola. Sin necesidad de que alguien me de un abrazo, o me pregunte cómo estoy. Camino sabiendo hacia dónde voy y cuánto tiempo tardaré en llegar. Pasos monótonos, continuos, a veces acelerados, otras veces relajados. Camino pensando y sin pensar. No me fijo por donde ir, porque lo sé. Pero rebusco y saco a la luz hasta el más mínimo pensamiento que me quiera esconder.
Camino sola. Pero acompañada de mí.
Y cuando por fin me encuentro en el destino al que me encaminé, llego siempre a la misma conclusión: si me lo propongo, no necesito de nadie más que de mí misma.
-Escrito hace algunos meses.
No hay comentarios:
Publicar un comentario